El viaje de Amy
Nuestra hija existía en nuestros corazones mucho antes de que siquiera contempláramos la posibilidad de ser padres de nuevo. Sabíamos que en algún momento tendríamos más hijos, pero no nos lanzábamos. De hecho, cuando empezamos la búsqueda yo no hacía más que sacar cuentas a escondidas, rezando para quedarme embarazada en cualquier momento, pero que no fuese en las mismas fechas que la concepción de Santo (nuestro primer hijo fallecido tras una inducción médica fracasada en el 2005); pues no me veía con una gestación a término en las mismas fechas por muchos años que hubieran pasado.
Pues dicho y hecho, quiso el destino que me quedase embarazada de forma que mi bebé vendría al mundo aproximadamente en la fecha en que su hermano mayor cumpliría siete años. Siete años, todo un ciclo según los expertos en esoterismo, creo. Por un segundo maldije las casualidades, que en mi vida son una constante, pero enseguida me propuse que eso fuese algo positivo, que fuese como un regalo más que me enviaba mi niño: un bebé que nacería en unas fechas siempre tristes para mí, que lograría borrar definitivamente cualquier resto de desesperación. Y, afortunadamente, habían pasado siete años en los que yo estaba documentada y preparada para ofrecerle a mi niña una gestación serena y protegida, procurarle a mi segundo hijo la espera tranquila y amorosa de su hermanita y asegurarme a mí misma un embarazo feliz y sano, en la medida de lo posible. Claro que yo no contaba con todo lo que me encontraría en esos nueve meses de gestación, no podía ni imaginarme que todo aquello que siempre di por hecho no sería y no tenía ni idea de todo lo distinto que sería aquel viaje de Amy.
Lo más negativo de todo fue que, para empezar, no encontraba profesional en la isla que aceptase asistirme durante el parto en casa. Yo no concebía acudir al hospital de referencia para el parto; especialmente después de que el Jefe de Servicio de Pediatría me contestase a mi plan de parto diciendo que no era posible lo que yo pedía (y eso que no pedía ni champán para brindar ni sábanas de seda). Faltaban pocas semanas para estar a término y aún no sabía cuál sería mi destino. No contemplaba el parto en casa sin asistencia, pero no soportaba la idea de un parto medicalizado. Habrá quien no pueda comprender la aprensión que sentía; les será imposible imaginar el miedo que pasaba por las noches con pesadillas… en las que yo soñaba situaciones escalofriantes como las que a menudo leo en los relatos que me llegan. Muchas veces me despertaba atacada y me obligaba a recordar lo que había soñado para buscarle otro final, para encontrar una escapatoria a lo que fuese que me había asustado. Escribía guiones completos en mi cabeza con las respuestas a todo lo que me decían y con las acciones a todo lo que me hacían. No se lo deseo a nadie.
Lo positivo fue que recibí una atención médica, en casi todas las consultas, muy respetuosa. Me informaban debidamente de todo y me contestaban a mis preguntas. Sobre todo, el ginecólogo que hacía el seguimiento del embarazo en el servicio de Alto Riesgo del hospital de referencia. Al igual que no dudo en criticar y reclamar todo aquello que me parece mal, también alabo y resalto lo que está bien. El Dr. D. me parece un profesional con corazón. Ha sido el primer y único profesional de ginecología que me ha mirado a los ojos y me ha dicho “lo siento” cuando al preguntarme por mi historial ginecológico he dicho que el primer embarazo acabó en muerte perinatal. EL PRIMER Y ÚNICO que me ha dicho “lo siento”. Tanto, que me quedé sin palabras ante un comentario tan normal pero inesperado. En sus consultas jamás me intentaron convencer de que las ecografías fueran vaginales. En todo momento respetó mis peticiones y hasta el último día puedo decir que antes de sus consultas no sentía ni aprensión ni tampoco estaba a la defensiva.
En este embarazo decidí que era mi última oportunidad para `exigir´ aquello que por falta de tiempo o fuerzas no hice en mi segundo embarazo: el acompañamiento en las pruebas. En realidad no es exigir, es simplemente solicitar, pues está recogido en varios documentos legales u oficiales. Lo que pasa es que en los hospitales de la isla han acostumbrado a las embarazadas a que no entren con acompañantes en las pruebas y nadie nunca ha hecho nada por cambiar ese protocolo. Pues yo lo conseguí. Mi marido entró las dos veces que me hicieron la ecografía selectiva, pero fue el único en entrar esa mañana. Todas las demás embarazadas entraron solas, independientemente de que les hubiese acompañado alguien. Eso sí que me apenó. He sabido hace pocas semanas que, gracias a unas cuantas solicitudes realizadas en 2011 y 2012, ahora ya no se prohíbe la entrada de acompañantes a esa prueba. Me alegro de haber encontrado las fuerzas y el tiempo para redactar el documento y difundirlo lo más posible entre las posibles usuarias del servicio.
Unas semanas antes de la FPP recuperé la ilusión, empecé a soñar con el parto respetado… una gran profesional estaba dispuesta a dejarlo todo durante unas semanas para vivir a mi lado mis últimas semanas de embarazo y atenderme el parto en casa. Siempre estaremos agradecidos por ese bello gesto, pues gracias a su profesionalidad y vocación, hoy podemos recordar un año después el nacimiento de Amy con alegría. A mí me dio la oportunidad de parir sin manipulaciones ni agobios y permitió que mi marido e hijo estuviesen presentes en todo momento. Supo mirar más allá del historial clínico y me facilitó un parto fisiológico en lugar de intervenciones obstétricas posiblemente innecesarias.
Amy cumple un año. Yo seguiré trabajando para que los niños puedan nacer sin que sus mamás sufran y confío en que cuando le llegue el momento a mi hija de ser madre ya no tengan sentido asociaciones como El Parto Es Nuestro.